lunes, 11 de abril de 2022

La Caridad todo - P Minguet Civera

 

 
(NOTA: las negritas y colores, no son del original)
 
 
LA CARIDAD TODO
 
todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta
 
 
El final del himno de la caridad de San Pablo ensalza la caridad dándole la primacía por encima de cuatro ámbitos especialmente “poderosos” de la vida; el sufrimiento, la incredulidad, la desesperanza y los pesos de la vida.
 
Porque decir que la caridad “todo lo sufre o excusa” es como decir que, aunque hay sufrimiento y por grande que éste sea, la caridad sigue siendo caridad, sigue existiendo, actuando, como tal, como caridad, no como otra cosa adulterada o acomodada. Es como decir, que el sufrimiento no ha prevalecido sobre la caridad.
 
Porque decir que la caridad “todo lo cree” es como decir que, aunque hay muchos motivos para dejar de creer, de confiar, de obedecer, al final la caridad es más fuerte que esos obstáculos y se mantiene erguida, constante.
 
Porque decir que la caridad “todo lo espera” es como decir que, aunque hay motivos para la desesperanza, obstáculos muy reales para dejar de esperar lo que hay que esperar, la caridad verdadera prevalece sobre ellos, no decae, puede seguir amando. Los obstáculos que llevan a desesperar no son bastante fuertes para anegar la caridad.
 
Porque decir, por último, que la caridad “todo lo soporta” es como decir que su capacidad de aguantar peso, el peso de la historia, el peso de los años, el peso de la debilidad, es muy grande. Es como decir que no hay peso que pueda doblegar a la caridad verdadera o, de otro modo, que por grande que sea el peso, nunca será suficiente para justificar que se deje de amar.
 
San Pablo, pues, al final del himno, no se contenta con describir la caridad, sino que la pone en comparación con otras “fuerzas” que aspiran también a una cierta o total primacía en la vida humana: el sufrimiento, por citar el primero, o la desesperanza ante la dificultad de alcanzar el bien y mantenerse en él, se presentan en nuestra vida como pretensión de vencedores inapelables. Pareciera que cuando éstos llegan, la caridad debería ceder y retirarse, “dejándose de poesías e idealismos”. Es también una tentación respecto a Dios: si hay sufrimiento es que Él no me ama (o lo hace muy mal). En el sufrimiento, el único que subsiste es el sufrimiento. Pero no es ésta la verdad de la caridad. Ni del amor de Dios hacia nosotros, ni del amor de nosotros hacia Dios y hacia el prójimo. La caridad verdadera tiene status de primacía, de vencedora. No hay fuerza capaz de imponerse a la caridad, en el sentido de que no hay situación en la que se imponga extrínsecamente no amar. No, dicho más sencillamente, siempre se puede amar y siempre somos amados por Dios.
 
Este “siempre” conecta con el “todo” de las frases paulinas. “Todo” y “siempre”, Amar a todos, y siempre, Amar en toda ocasión. La catolicidad del amor. Realmente es así. En Dios. Y también nos lo pide a cada uno de nosotros. Amar es lo que siempre se puede hacer. Más aún, lo que nunca debemos dejar de hacer. Es el caballo ganador. No tiene rival. En igualdad de condiciones, por así hablar, nada hay más fuerte que la caridad. Ya lo sabemos, ¿verdad?, es que Dios es Amor, Deus caritas est.
 
***
 
Podemos detenernos brevemente en estas cuatro afirmaciones del himno, contemplándolas en su doble dimensión: la caridad de Dios hacia nosotros, y nuestra caridad.
 
Todo lo sufre
 
Aunque a veces se traduce por “excusar”, en el sentido de silenciar los errores de los demás, lo cual es muy cierto y verdadero, me parece que ese “todo” se aplica mejor al verbo “sufrir”, como hace la Vulgata, que al verbo excusar o silenciar. Porque no todo se puede excusar, ni sería propio del que ama de verdad. Pero sí que se puede, por amor, sufrir bien todo. Como Cristo lo sufrió todo por nuestra redención.
 
Así que podemos considerar que la primera gran objeción al amor es, directamente, el sufrimiento. Realmente es un aspirante al trono de “fuerzas dominantes de nuestra vida”. El sufrimiento aspira a colmarlo todo, a que nadie lo haga callar, a que cuando llegue todos nos inclinemos ante él “con reverencia”. Pareciera también que quien sufre tiene carta blanca para no tener que amar, para no tener que ser virtuoso, para reclamar de nosotros compasión, permisividad, para entregarse al victimismo, al narcisismo, etc. También es una fuerza que reclama carta blanca para el ateísmo. O el ateísmo estricto, o ese ateísmo práctico en el que a veces nos sumergimos para vivir distintos espacios o tiempos de nuestra vida “como si Dios no existiera”.
 
Frente a éste, San Pablo afirma que la caridad todo lo sufre, todo lo resiste, o, como se traduce en algunas versiones Vernáculas, “todo lo excusa”. Es un auténtico duelo, batalla, entre la caridad y el sufrimiento, en el que San Pablo proclama vencedor a la primera, como diciendo: “Aunque haya sufrimiento de cualquier tipo, la caridad es capaz de seguir siendo caridad, de seguir amando”; Incluso al que nos ocasiona el sufrimiento.
 
Esta característica se verifica antes que nada en Dios mismo hacia nosotros, en su amor manifestado en Cristo. Un amor que todo lo ha sufrido por nosotros, sin dejar que el dolor o la prueba pudiera apagar el amor. Es el amor de Cristo Crucificado: siendo dolor, siendo Él mismo una llaga abierta de sufrimiento, no deja por ello de amar, ni un instante. En la película de La Pasión, durante la escena de la flagelación, se ve rezar a Cristo el salmo 57 (56):
 
Mi corazón está firme, Dios mío, | mi corazón está firme. | Voy a cantar y a tocar: despierta, gloria mía; | despertad, cítara y arpa; | despertaré a la aurora. Te daré gracias ante los pueblos, Señor; | tocaré para ti ante las naciones: por tu bondad, que es más grande que los cielos; | por tu fidelidad, que alcanza las nubes. (Sal 57 (56), 8-11)
 
Un corazón firme es el de Cristo durante los sufrimientos, porque la bondad de Dios es más grande que todo. Un corazón firme en el amor a su Padre y a nosotros. Como diciendo: “No voy a dejar de amar, ya puedes seguir golpeándome". Como canta el Cantar de los cantares:
 
El amor es fuerte como la muerte. Las aguas caudalosas no podrán | apagar el amor, | ni anegarlo los ríos. (Cant 8,6)
 
Lo cual también puede expresarse diciendo que suframos lo que suframos, siempre, Dios está amándonos. Y lo está haciendo al máximo nivel de su amor. No hay situación que escape o que domine al amor de Dios hacia nosotros, como canta el mismo San Pablo en otro lugar:
 
¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?; como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. (Rom 8, 35-39)
 
Con relación a nuestra caridad, se impone lo mismo, aunque a nuestra debilidad le pareciera encontrar en el sufrimiento una “razón” para dejar de amar. Hemos de gritarnos, pues, en la hora del dolor; no hay razón de sufrimiento para dejar de amar. Miremos a la Sma. Virgen María al pie de la Cruz. Pareciera que ante su dolor inimaginable pudiera dispensársele de amar. Ella podría tener una justificación, figuradamente hablando, para dar rienda suelta al rencor, a la amargura, a destilar hiel por cada una de sus heridas. Pero en ella vence la caridad al sufrimiento. Ella, como su Hijo, herida, sigue amando. Su dolor inmaculado es revelador. Ella sufre por sólo amor, y su sufrimiento es así puro. A ella le pedimos nos enseñe a sufrir y amar así.
 
En la hora de la prueba, pues, cuando pareciera que sólo podemos sufrir, que nada más no es posible, ni siquiera demandado, agarrémonos al amor con que Dios nos ama y pidámosle amar a nuestro prójimo. En esa hora, el Tentador tratará siempre de “dispensarnos de amar”; de proponernos el pecado como la salida que “nos merecemos”, que “necesitamos” (1). No. La caridad todo lo sufre. Como pronunció Juan Pablo II en la beatificación de las mártires María de los Ángeles de San José y Compañeras, el 29 de marzo de 1987, y que se lee como Oficio el día 24 de julio
 
El Señor es mi pastor, nada me falta... Me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre (Sal 22,1-3). Los beatos, hijos e hijas de la tierra española, pronuncian hoy, con una especial acción de gracias, las palabras con las que toda la iglesia expresa su confianza sin límites en Cristo, Buen Pastor. Él nos conduce muchas veces con mano firme y segura, a través de caminos difíciles y dolorosos, como lo expresan las siguientes palabras del salmo: Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo (Sal 22, 4). Con estas palabras pudieron dirigirse al Buen Pastor estas tres hijas del Carmelo cuando les llegó la hora de dar la vida por la fe en el divino Esposo de sus almas. Sí. Nada temo. Ni siquiera la muerte. El amor es más grande que la muerte y Tú vas conmigo. ¡Tú, el Esposo crucificado! ¡Tú, Cristo, mi fuerza!
 
Por eso, objetivamente hablando, no hay razones para no amar. Son falacias. Siempre se puede amar. A veces, como en la hora del martirio, es lo único que se puede hacer.
 
 
Todo lo cree (y todo lo espera)
 
Se podría entender este versículo como que la caridad, el amor verdadero, es una especie de abuelito bonachón y confiado que siempre se cree lo que le dicen sus nietecitos, porque no quiere pensar mal de ellos. O como un cónyuge que siempre acepta las falsas promesas de reforma de su cónyuge infiel. O una madre que sigue creyendo ciegamente las mentiras de su hijo drogadicto de que ésta es la última vez que consumirá drogas si le da el dinero que le pide. Como si lo propio de la caridad fuera ser tonta y ciega. No, la caridad se alegra con la verdad, no con la injusticia. Y el amor de Dios no es ciego a nuestros pecados. Como los ve perfectamente, los puede perdonar y sanar.
 
Por eso, sin negar que, en cierto sentido, y en algunas ocasiones, la caridad disimula las ofensas (2), pienso que debemos remar más adentro, y meditar la justa relación entre la caridad y la fe, dos virtudes íntimamente vinculadas, que se alimentan mutuamente, que van de la mano, junto con la esperanza, en el alma del creyente. Hay un texto de Santo Tomás que cita Pieper en su tratado sobre la esperanza:
 
«De este modo, en un santo movimiento circular, las virtudes teologales refluyen en sí mismas; el que es llevado por la esperanza al amor tiene desde entonces una esperanza más perfecta y cree al mismo tiempo más firmemente que antes». (3)
 
Así, en primer lugar, pienso debemos entender este versículo (todo lo cree, todo lo espera) referido a la caridad y a la fe teologales. Como dice Santo Tomás, el que ha sido llevado al amor tiene desde entonces una esperanza más perfecta y una fe más firme. El amor, pues, hace que lo creamos todo de Dios y lo esperemos todo de Él. De esta forma vence sobre la incredulidad y sobre la desesperanza. Todos los motivos para no creer y para no esperar no tienen la fuerza del amor verdadero, no prevalecen ante Él.
 
«A continuación muestra San Pablo de qué manera la caridad impulsa a obrar el bien con relación a Dios. Lo cual realiza principalmente por las virtudes teologales, que tienen a Dios por objeto. Como es sabido, además de la caridad, existen otras dos virtudes teologales: la fe y la esperanza.
 
En cuanto a la fe, dice “todo lo cree”, o sea, todo lo revelado por Dios. [...] Creer en cambio, todo lo que los hombres dicen, sería ligereza, como leemos en el Eclesiástico: “El que es fácil en creer de ligero y en esto peca, a sí mismo se perjudica” (Eccli, 2,9). En cuanto a la esperanza, dice “todo lo espera”, o sea, todo cuanto ha prometido Dios....» (4)
 
Pero también podemos entenderlas, en cierto sentido, como de Dios hacia nosotros. Porque Dios nos ama con verdadera caridad, espera –entiéndase- y cree -entiéndase- que podemos ser santos. Nosotros tendemos a desesperar de nuestra propia santidad y de la del prójimo. Dejamos de creer en las promesas de Dios («no despreciéis las profecías», 1Tes 5,20), en que será posible su obra en nosotros, en que alcanzaremos la vida eterna. Nos puede en ocasiones nuestra patente debilidad, o la del prójimo. “Nunca cambiaré”, “nunca cambiará”, nos susurra el Tentador. Es en ese momento cuando podemos mirar el Amor de Dios, y mirar cómo Él nos mira. Su Amor grita “sé santo, puedes serlo, creo que puedes serlo... Yo no actúo en vano”.
 
El que os llama es fiel, y Él lo realizará. (1Tes 5, 24)
 
Este amor todo lo cree, todo lo espera. Es más fuerte que cualquier objeción. Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Es el mismo amor que gritó al buen ladrón: Hoy estarás conmigo en el Paraíso. Cristo no dejó de creer en la posibilidad de salvación del ladrón. Tampoco de cada uno de nosotros.
 
La caridad, el amor de Dios y a Dios, nos hacen creer y esperar, pues, algo tan increíble, tan de poco esperar, como que podemos ser santos. Y que lo puede ser nuestro prójimo. Increíble, ¿verdad? Aquí se ve su “teologalidad”, en que no estamos en el terreno de lo meramente natural. Como escribió Chesterton:
 
La verdadera diferencia entre el paganismo y el cristianismo se resume perfectamente en la distancia que existe entre las virtudes paganas, o naturales, y las tres virtudes del cristianismo que la Iglesia de Roma llama virtudes teologales. Las virtudes paganas, o racionales, son cosas como la justicia o la templanza, y el cristianismo las ha adoptado. Las tres virtudes místicas, que el cristianismo no adoptó, sino que inventó, son la fe, la esperanza y la caridad. Sobre estas tres palabras se podría derramar mucha fácil y torpe retórica cristiana, pero quiero limitarme a dos hechos evidentes. El primer hecho evidente (en marcado contraste con la ilusión del pagano danzante); el primer hecho evidente, digo, es que las virtudes paganas: la justicia y la templanza, son virtudes tristes; mientas que las virtudes místicas: fe, esperanza y caridad, son virtudes alegres y exuberantes. Y el segundo hecho evidente —que es aún más evidente es el hecho de que las virtudes paganas son virtudes razonables, y que las virtudes cristianas de fe, esperanza y caridad son, en esencia, tan irracionales como pueden ser. Como la palabra irracional se presta a malentendidos, podemos expresar lo anterior de un modo más preciso diciendo que cada una de esas virtudes cristianas o místicas implica, por su naturaleza misma, una paradoja, lo que no puede decirse de ninguna de las virtudes típicamente paganas o racionales. La justicia consiste en reconocer que algo pertenece a determinado hombre, y dárselo. La templanza consiste en reconocer los límites apropiados de determinados caprichos y actuar en consecuencia. La caridad, sin, embargo, significa perdonar lo imperdonable, o no es una virtud. La esperanza significa esperar cuando no hay esperanza, o no es una virtud. Y la fe significa creer lo increíble, o no es una virtud. (5)
 
Todo lo soporta
 
Soportar quiere decir llevar un peso (portar) desde abajo (so). Es por tanto no sólo no sucumbir a una carga, sino además sostenerla, como una columna. Lo que soporta es más fuerte que lo soportado. Si la carga fuera más fuerte, el soporte caería, se rompería. San Pablo, pues, afirma que la caridad todo lo soporta, es decir, que no hay peso que pueda hacer sucumbir a la caridad. Nada pesa más que la caridad. No hay carga que sea capaz, por sí misma, de impedir que la caridad sea caridad. Y esta verdad, como hemos venido diciendo, debe ser un aliento en la prueba, un exorcismo de la tentación que nos dice “con tantas cosas que tengo que hacer no puedo detenerme en amar”. No. Es verdad que no podemos llevar muchas veces la carga que nos impone la historia, y no tenemos que por qué llevarla toda, pero siempre se puede amar. No hay razón para no amar.
 
No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y Él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla. (1Cor 10,13)
 
Dicho esto, podemos contemplar dos cargas especialmente relacionadas con la caridad. La cruz y el prójimo.
 
 
La primera es la Cruz. Es la carga que sin la caridad, unida a la fe y a la esperanza, no podemos llevar. Pero con estas tres sí.
 
«Si alguno quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por Mí, la encontrará». (Mt 16,24s)
 
«Si alguno quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará». (Mc 8, 34s)
 
«Si alguno quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará». (Lc 9, 23s)
 
Con Cristo, con su caridad (caritas Christi), el yugo se torna ligero, y la carga soportable. ¡Es posible llevar la Cruz! No es necesario ya alienarse, ocultarla, o quedar aplastado por ella.
 
Y no sólo es la que hace posible llevar la cruz... es el modo de hacerlo.
 
La segunda es el prójimo. Con el prójimo podemos decir algo similar a lo que clamaba Moisés:
 
Entonces yo os dije: “Yo solo no puedo cargar con vosotros. El Señor, vuestro Dios, os ha multiplicado, y hoy sois tan numerosos como las estrellas del cielo. Que el Señor, Dios de vuestros antepasados, os haga crecer mil veces más y os bendiga, como os prometió. Pero ¿cómo voy a soportar yo solo vuestras cargas, vuestros asuntos y vuestros pleitos?" (Dt 1, 9-12)
 
Pero nunca “estamos solos” para cargar con el prójimo. Cristo siempre está con nosotros por la caridad. Con Él y por Él no hay nadie in-soportable. No hay nadie con el que no pueda cargar. Además, como con la cruz, la caridad no sólo es la posibilidad de cargar con el prójimo, es el modo de hacerlo.
 
Miremos a Cristo. Recordemos que, antes de nada, Él nos soporta a nosotros, nos lleva, con nuestras cargas y dolores: «Él soportó nuestros sufrimientos | y aguantó nuestros dolores» (Is 53, 4), o como dice en otro lugar: «No fue un ángel ni un mensajero, | fue Él mismo en persona quien los salvó, | los rescató con su amor y su clemencia, | los levantó y soportó, todos los días del pasado» (Is 63,9).
 
Y este amor nos hace fuertes (pesados, pues nuestro “peso es lo que amamos” (6)), fuertes para sobrellevarnos unos a otros:
 
Nosotros, los fuertes, debemos sobrellevar las flaquezas de los endebles y no buscar la satisfacción propia. Que cada uno de nosotros busque agradar al prójimo en lo bueno y para edificación suya. Tampoco Cristo buscó su propio agrado, sino que, como está escrito: Los ultrajes de los que te ultrajaban cayeron sobre mí. (Rom 15, 1-4).
 
Conclusión
 
No hay razones para no amar.
 
Cuando no amamos, no tenemos razón. 
 
 
                                                  P. Tomás Minguet Civera
                                 14 de diciembre de 2020, San Juan de la Cruz
 
 
Notas al pie
 
(1) “Los que quieren enriquecerse sucumben a la tentación, se enredan en un lazo y son presa de muchos deseos absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y algunos, arrastrados por él, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos. Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas. Busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre” (1Tim 6,9-11).
 
(2) “El odio provoca reyertas, el amor disimula las ofensas” (Prov 10,12).
 
(3) De spe, 3 ad 1. Cit. En J. Pieper, Las virtudes fundamentales, 9ª ed. (Madrid, Rialp, 2007), p. 381.
 
(4) Santo Tomás, cit. En A. Royo Marín, Teología de la caridad (Madrid, BAC, 1960), p. 394.
 
(5) Chesterton, G. K. (2009) Herejes (Barcelona, Acantilado) p. 114.
 
(6) “Mi peso es mi amor; él me lleva doquiera soy llevado”. San Agustín, Confesiones, XIII, 9, 1.
 

jueves, 24 de marzo de 2022

Padre Nitoglia: LA CUESTIÓN UCRANIANA

 Nota: obtuvimos el texto de la página Non Possumus (Aquí). Pero lo publicamos aquí, porque estaba mezclado con otra noticia, y distraía la atención sobre lo que se hablaba. 

Padre Nitoglia: LA CUESTIÓN UCRANIANA - 1
 
    Publicado el 5 de marzo de 2022
 
(Extracto)
 
Prólogo
 
Muchos expertos en geopolítica han escrito o realizado varios vídeos/conferencias interesantes, en los que han explicado -mucho mejor que yo- las razones por las que no toda la culpa de la actual guerra ruso/ucraniana recaería sobre Putin.
 
En este artículo trato de resumir brevemente las razones que llevaron a Rusia a impedir que la OTAN (impulsada por EE.UU.) entrara en Ucrania y luego atacara a la propia Rusia.
 
En primer lugar, daré los principios de la recta filosofía y la sana teología sobre la cuestión de la guerra justa, para permitir que el lector se forme una opinión sobre si esta guerra es justa o no.
 
*
 
I Parte
 
La teoría
 
 *
 
 ¿Es la GUERRA de Putin una guerra JUSTA?
 
1°) la primera condición para que una guerra se llame justa es que sea de un Estado contra otro Estado; 2°) también es necesario que se hayan agotado todas las vías para llegar a una solución pacífica del conflicto y 3°) que exista una causa justa, es decir una culpa proporcionalmente grave y responsable a corregir; 4º) finalmente, que haya una obstinada voluntad de no querer reparar el mal hecho por parte del Estado agresor, lo que hace indispensable una reacción tan grave como la guerra por parte del Estado agredido.
 
    Agustín de Hipona sentó las primeras bases para la solución del problema de la guerra justa. El santo enseñó que el final de cualquier guerra es la paz. Además, esbozó la teoría de las tres condiciones para que se produzca una guerra justa: 1ª) debe ser declarada por la autoridad competente. 2ª) Quien es atacado debe haber incurrido en una culpa a ser castigada. 3ª) La guerra debe hacerse no por odio, sino para evitar un mal mayor y obtener un bien.
 
    S. Tomás perfeccionó estas bases agustinianas en la Suma teológica (II-II, q. 29). El Angélico explica: “Se requiere justa causa, de modo que quienes son agredidos lo merezcan por cierta falta grave. […]. Si una nación ha sido negligente en castigar el mal hecho por uno de sus miembros, o en devolver lo injustamente robado por uno de sus ciudadanos, es una falta contra la justicia que puede ser castigada por la nación ofendida”.
 
Por tanto, una guerra de expansión o de conquista es una agresión injusta, mientras que una guerra de autodefensa es justa. En resumen, lo que hace justa la guerra es la legítima defensa (como en el individuo): vim vi repellere lice. [Es lícito repeler la violencia con la violencia. Nota de NP]
 
Puede darse el caso de una guerra aparentemente ofensiva, pero realmente defensiva, como cuando, por ejemplo, una guerra "ofensiva" está motivada por una falta contra la ley cometida por el Estado atacante.
 
“En efecto, un Estado que permitiera que se cometieran impunemente todas las injusticias posibles, iría inevitablemente hacia la decadencia y la desintegración, y esto sería un mal mayor que todos los males que le acarrearía una guerra”.
 
Sin embargo, si el Estado agresor quisiera rebasar, en la represión, los límites de la culpa cometida e infligir un castigo desproporcionado , la guerra que inicialmente era justa se convertiría en injusta.
 
Por tanto, “en la lucha hay reglas de justicia y de moralidad natural que no se pueden soslayar. Por lo tanto, no podrás golpear a un enemigo desarmado que se rinda; más aún si está herido”. Así que no todo es necesariamente justo en una guerra justa.
 
 
La " justa vindicatio "
 
El P. Antonio Royo Marín escribió: “La vindicación tiene por objeto castigar al malhechor por el pecado que ha cometido. A esta virtud se oponen dos vicios: uno por exceso, la crueldad , y otro por defecto, la excesiva indulgencia , que puede motivar al culpable a continuar con sus malas acciones”.
 
Cita la Suma Teológica de Santo Tomás, que explica que el instinto de vengar un mal, como movimiento de repulsión hacia él, es bueno; por tanto, es justa la vindicta que quiere reparar el orden violado por el ofensor haciendo el mal, y enmendar al culpable. Debe precisarse que el elemento primario del castigo es vindicativo (restaurar el orden y castigar el mal); mientras que la secundaria es medicinal (ayudar al culpable a redimirse). En cambio, hoy el castigo es visto sólo como una medicina y se ignora su lado aflictivo, correctivo, restaurador o "vindicativo".
 
Así la venganza es el acto de redención o liberación; y el vindicador o vengador es el que redime o libera al oprimido y castiga al injusto agresor , para poder luego también enmendarlo.
 
Conclusiones sobre la guerra.
 
Hablando de guerra, hay que evitar dos extremos: el error por exceso y el error por defecto.
 
a) Error por exceso
 
El darwinismo político aplica el principio de supervivencia del más fuerte a los pueblos. Los pueblos nacieron para luchar entre sí y hacer prevalecer al más fuerte sobre el más débil.
Además, la filosofía política, con Maquiavelo y Nietzsche y los adoradores de la razón de Estado, los partidarios de la teoría del superhombre y del super/Estado o super/raza ensalzan la fuerza como único fundamento de las relaciones entre Estados.
 
b) Error por defecto
 
La guerra siempre es ilícita. El humanitarismo, el filantropismo, la globalización, el mundialismo, no quieren que existan divisiones nacionales para dar a los pueblos la "paz" perpetua soñada también por Kant. Los pacifistas siguen a estos "idealistas" y filántropos, y a los "Cristianos por la paz", quienes, apoyándose erróneamente en algunos pasajes del Evangelio mal interpretados, concluyen que la guerra es siempre inmoral.
 
c) Coctrina Católica
 
En medio y cumbre entre estos dos errores la doctrina católica se eleva entre dos barrancos.
 
Siempre ha considerado la guerra como un flagelo y por ello ha tratado de hacerla lo menos inhumana posible. En la base de la concepción católica de la guerra está el Dogma del Pecado Original que empuja al hombre a la violencia, a los instintos brutales, al orgullo y a la voluntad de poder.
 
La paz es, por tanto, un bien que hay que mantener si es posible. Pero no es un bien que deba ser conservado a toda costa con el sacrificio del derecho y la justicia que más bien hay que defender. El uso de la fuerza y ​​la guerra tienen por objeto la paz, el orden de la sociedad civil, y pueden ser utilizados contra los perturbadores. La doctrina católica es pacífica pero no pacifista, es humana pero no humanitaria.
 
Esta aprobación de principios del uso de la fuerza no es contraria a las enseñanzas del Evangelio. En efecto, "el Evangelio es un código de vida dictado para la santificación de la persona, a quien se dirige el consejo de la no resistencia al mal [...] Los mismos preceptos y consejos no pueden trasladarse a la vida colectiva, sin la consiguiente impunidad de los malvados y desintegración social".
 
Una objeción : guerra total o nuclear
 
La guerra moderna, total o mundial, que implicaría a toda la nación en hostilidades, incluidos los inocentes, las mujeres, los ancianos y los niños, ¿hace nula la distinción entre guerra justa o defensiva e injusta u ofensiva?
 
Acreditados teólogos católicos replican que la guerra defensiva es siempre un acto lícito y justo, ya que la ley permite al Estado injustamente atacado ejercer la facultad natural de legítima defensa, rechazando la fuerza por la fuerza ( vim vi repellere licet ).
 
Escribe el padre Angelo Brucculeri: «No todos consentirán ciertamente en esa otra actitud de pensamiento, que afirma que en el presente la guerra es siempre ilícita. El 19 de octubre de 1931, algunos teólogos llegaron a la siguiente conclusión: “La guerra moderna no podía ser un procedimiento legítimo. Ya que ella, por su técnica, genera tantas ruinas materiales, espirituales, individuales, familiares, sociales, religiosas, y se convierte en una calamidad mundial tal, que deja de ser un medio proporcionado al fin, esto es: el establecimiento de una sociedad más orden humano y paz”. Según estos teólogos, la guerra moderna parece siempre ilícita. ¿Qué hay que responder? [...] Si con estas proposiciones se quiere decir que el estallido de una guerra nunca puede ser lícito en nuestros días, no podemos aceptar una tesis así de absoluta. En la civilización actual todavía es concebible que un Estado esté obligado a una guerra justa, incluso si es una guerra de exterminio. Por lo tanto, no se puede argumentar absolutamente que la guerra en nuestros días es siempre ilícita . Podemos -aún hoy- suponer que un Estado, por ejemplo el soviet, hace la guerra con la intención expresa de destruir los principios jurídicos y morales de nuestra cultura cristiana; uno tiene entonces el deber de afrontar todos los males de la guerra, que son siempre inferiores a la ruina de la civilización cristiana. […] Ha surgido un nuevo problema sobre el uso de armas atómicas. Algunos moralistas piensan que no se puede condenar absolutamente el uso de la bomba atómica, ya que es un medio seguro y rápido de destruir las fuerzas militares y económicas del enemigo y de persuadirlo de que ponga fin al enfrentamiento armado. La muerte de tantas personas inocentes estaría justificada por las mismas razones con las que se justificaría si se produce por otras armas. Otros toman un camino intermedio, haciendo una discriminación basada en las circunstancias y objetivos del ataque con bomba atómica: una cosa sería, por ejemplo, usar esas armas contra equipos enemigos en mar abierto, otra cosa sería usarlas contra grandes centros industriales o habitados”.
 
Fin de la guerra: paz
 
    S. Tomás afirma que "incluso aquellos que hacen la guerra deben hacerla sólo en vistas de la paz".
 
Por eso es de suma importancia, cuando se declara la guerra, que termine como le conviene, es decir con una paz honorable , que armonice las voluntades de los estados ya opuestos entre sí. De lo contrario, la guerra no terminaría realmente y sólo nos prepararíamos para comenzar de nuevo (como sucedió con la Segunda Guerra Mundial después del inequitativo pacto de "paz" de Versalles que "terminó" con la primera).
 
También es peligroso e inconveniente exigir la rendición incondicional, en lugar de tratar de pedir una rendición honorable , ya que frente a la rendición incondicional, a menudo uno se ve obligado a resistir incondicionalmente.
 
*
 
Parte II
 
La actualidad
 
*
 
 Las guerras de la OTAN desde 1991 hasta hoy
 
La OTAN bombardeó la antigua Yugoslavia en 1991, causando cientos de miles de muertos. En 1999, también la OTAN, participó en la guerra de Kosovo. En 2011, la OTAN volvió a liderar una intervención militar internacional en Libia, creando una desestabilización que aún perdura. En el mismo 2011, la OTAN volvió a apoyar a Isis para devastar Siria, provocando más de medio millón de muertos. En 2014, la OTAN volvió a liderar un golpe de estado en Ucrania, que inició una guerra civil progresiva que nunca se ha detenido y que condujo a la guerra actual (2022). En 2015, la OTAN volvió a apoyar la guerra contra Yemen protagonizada y liderada por Arabia Saudí, con cientos de miles de víctimas.
 
Partiendo de Palestina (1948) llegando a Rusia (2022)
 
Estudiar la cuestión de Oriente Próximo y Medio -empezando por Palestina (1948), Irak (1990/2003), la "Revolución Naranja" en Chechenia (1990), las "Primaveras Árabes" en Egipto, Libia y Túnez (2011) y especialmente en Siria (marzo de 2011)- se puede ver que el "Nuevo Orden Mundial", a estas alturas (Ucrania 2022), está lanzando el último asalto a esa porción del mundo que aún no ha sido absorbida por la órbita atlántico-norteamericanista, que no ha conocido la revolución ilustrada (siglo XVIII) y nihilista (siglo XX) en su más alto grado, como en Occidente y en la Vieja Europa norteamericanizada en 1968.
 
Agresión ideológica contra Rusia en 2014
 
En enero de 2014 hubo un ataque "ideológico" de Occidente, durante los Juegos Olímpicos de Rusia, contra Putin porque era contrario al principio de las uniones homosexuales públicas legalizadas y a la pedofilia, principio que prevé un curso de "sexualidad occidental". educación" para niños de 4 años, que deben asistir a los jardines de infancia estatales y en la que también se inician en la práctica de la la masturbación en solitario y en compañía incluso con niños del mismo sexo de apenas cuatro años: un curso de "depravación" que desde 2010 partiendo de Munich (en Alemania) está llegando a 53 países europeos. Putin no se dio por vencido. Luego, en febrero de 2022 pasamos a la segunda fase: el ataque físico y militar desde el interior, forjado por EE.UU., provocando a Rusia, para que su eventual reacción sea vista como una agresión que permita justificar una guerra contra ella. 
 
2008 y 2014 la revolución "ucraniana"
 
Antes de la “Revolución Ucraniana” (2008) todos los antiglobalistas tenían claro el plan neoconservador de EEUU de atacar a Siria como trampolín para invadir Líbano e Irán y así cercar a Rusia y contener a China . Por lo tanto, me parece que la reacción de Rusia en febrero de 2022 es una guerra defensiva y no ofensiva.
 
De hecho, la Rusia de Putin por razones de supervivencia geopolítica no podía permitir que EEUU extendiera su poder hasta sus fronteras (Irán, Afganistán, Pakistán y más aún en Ucrania tras haber "ocupado" los países del antiguo Pacto de Varsovia), además, por razones económicas, a China no le gustó esta expansión atlántica en el Medio Oriente asiático y, por lo tanto, los dos gigantes ruso y chino se alinearon junto a Siria e Irán y hasta ahora han impedido su invasión.
 
Ahora bien, ya en febrero de 2014 había sucedido algo nuevo en Ucrania: una nueva Revolución “espontánea” en las fronteras con Rusia. En ese momento, Ucrania ya estaba pidiendo entrar en Europa, unirse a la OTAN y separarse de Rusia.
 
Esta fue otra revolución globalista financiada y apoyada explícitamente por los EE. UU. y la UE. Revolución bien pensada, bien preparada en la que repasamos un guion ya conocido, como el que se llevó a cabo en Egipto, Túnez, Libia y Siria: francotiradores armados en los techos disparando contra la multitud, los medios de comunicación occidentales los acusan de ser soldados rusos mientras se establece que son guerrilleros chechenos qaidistas-jiadistas y mercenarios a sueldo del "Tío Sam", que regresan al asalto en Ucrania y Crimea tras la derrota de 1990 en Chechenia.
 
Matteo D'Amico escribe acertadamente: "El movimiento de Putin [febrero de 2022] no es ofensivo, es defensivo: la búsqueda de esa profundidad estratégica que frena la tentación estadounidense de lanzar un primer ataque nuclear contra las estructuras militares rusas" (La batalla de el oso en @matteodamico).
 
De hecho, si la OTAN, después de haber tomado posesión de todos los países del antiguo Pacto de Varsovia, hubiera entrado también en Ucrania, habría podido llegar hasta el corazón de Rusia.
 
No quiero decir que Putin sea la Inmaculada Concepción, ni que los rusos son todos totalmente buenos y los "occidentales-atlánticos" ["atlántico" es un termino usado para referirse a los miembros y aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Nota de NP]  son todos y totalmente malos, pero es innegable que Putin defendió a su patria de una agresión injusta que ya había comenzado con la caída del Muro de Berlín y que luego, desde Alemania Oriental, avanzó por la Europa del Pacto de Varsovia hasta llegar a Ucrania para luego llegar hasta Moscú.
 
Finalmente llegamos al titánico y global choque entre el gigante atlántico USA-Australia-UK más la UE (esta última utilizada como base aérea pronorteamericana para los suministros necesarios, dada la distancia entre Occidente y Oriente) con el Euroasiático (Rusia y China).
 
En resumen, estamos presenciando el último acto del drama del "Terror Infinito" (iniciado en Irak en 1991) de la globalización mundialista, del que debe surgir el "Nuevo Orden Mundial" sionista-estadounidense o producirse la desaparición de la primacía hegemónica que ha desempeñado -sobre todo desde la Primera Guerra Mundial hasta ahora- en la escena de este mundo.
 
¿Cómo terminará? Sólo podemos prever un muy probable conflicto universal y nuclear que comenzó (quizá) en febrero de 2022.
 
Padre Curzio Nitoglia